¡Qué lo parió a Cadícamo! (1ra parte)
Una de las características salientes de la poesía, como género literario, es su capacidad de síntesis. Esto, no por archisabido es un dato menor a la hora de dar cuenta de asuntos que por su complejidad o por su naturaleza escurridiza, plantean dificultades, aunque de diferente índole, tanto al escritor como al lector. Por supuesto que también son fundamentales la gracia, la oportunidad y la belleza. Pero la contundencia de lo sintético, sin duda tiene algo de gracioso, oportuno y bello.
Si hay un tema complejo y escurridizo, a pesar de haber sido tratado por hombres de pluma privilegiada, es el de la argentinidad y su forma particular: la porteñidad. De Sarmiento a Martínez Estrada, pasando por Scalabrini Ortiz, la lista sería enorme y no debería obviar tanto a Borges como a Marechal, a Fontanarrosa como a Dolina. Y aunque la letrística del tango es un corpus inabarcable que de una forma u otra se obstina en este empeño, con logros que en algunos casos se ubican con holgura en el campo de la genialidad, en esta pequeña entrega vamos a recalar en un pequeño ejemplo de un poeta grande.
Enrique Cadícamo no sólo tuvo una larga vida, vida de errante bohemio, sino que al abrevar en ella sus creaciones, toman fuerza vital, impúdica verosimilitud.
En el año 1933, con música de Eduardo Pereyra, ve la luz Madame Ivonne. No es un dato menor que la haya grabado Gardel, toda vez que podemos considerar sus interpretaciones casi como una co-autoría. De todos modos, en este caso nos ocupan solamente sus dos últimos versos:
ya nada le queda... ni aquel argentino
que entre tango y mate la alzó de París.
Más precisamente es el último el que realiza el milagro de condensar, según se lo quiera ver, dos, tres o cuatro de los de los elementos simbólicos que pueden representar la porteñidad con plenitud. Veamos.
Los dos primeros son como atributos de la porteñidad en su aspecto más cotidiano y militante: el tango y el mate. Definen como mojones, la calidad de argentino de ese sujeto que se sitúa entre ellos. Otro podría haber desarrollado la misma acción. Pero si el que lo hizo, lo hizo entre tango y mate, entonces fue un argentino.
Los otros dos elementos pertenecen más al mundo de la mitología porteña. Si bien algunos privilegiados, como el personaje al que alude la letra de Madame Ivonne, pudieron concretar sus aspiraciones, para la gran mayoría de los porteños, París y sus mujeres son como la leyenda de la Atlántida. Y bien pensado, para el mentado personaje también, ya que eso es lo que le da rango a su gesta.

Así pues, Enrique Cadícamo nos da una lección superioraza de literatura, caracterizando en un sólo verso, en un sólo trazo, lo que otros lograron o no en un libro entero.
Emocionado por la admiración que me despierta, mientras escucho a Gardel, me tomo un amargo a su salud, don Enrique y fantaseo con la francesita que no he conocido en la ciudad donde nunca he estado♠
24 de enero de 2007.
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